El paisaje es hermoso visto desde San Andrés en una temprana mañana de verano y con el sol apenas posándose en las laderas de Zola y Pinos Norte, las nubes grises y azul plomizo, anunciantes futuras de lluvia tardía, cubren las cabezas de los cerros mientras la luz tenue de la madrugada va cediendo paso a los inminentes calores que llegarán con el mediodía.
Visitar el campo tarijeño es siempre un acontecimiento grato, el paseo de ese día a orillas del río de Zola prometía juntar la esencia de lo que nosotros conocemos como amor a la tierra; naturaleza, amigos, vino y el benigno aire de nuestra comarca.
Sin embargo en el trayecto fuimos observando como la basura dispersa a la vera del camino agredía nuestros sentidos y destruía el frágil equilibrio del ecosistema, la lista de deshechos que pudimos observar es larga y diversa, desde cascotes de diferentes tamaños y orígenes, hasta pedazos de partes de máquinas y autos en desuso, pasando por miles de bolsas de plástico de todo tipo y color.
Las bolsas de plástico, ese bendito invento que sirve en nuestros días para contener cualquier cosa que pueda comprarse en la calle, estampillas, agujas, peras, papas, tela, etc. ese invento que relegó al baúl del olvido a las bolsas para hacer mercado, al papel periódico tan sabiamente reciclado por las vendedoras de la recova, ese invento abundante que casi no cuesta nada y que por lo tanto puede malgastarse y dispensarse a manos llenas y que hoy “adorna” las zonas periféricas de las ciudades y el corazón de nuestros preciados rincones campestres.
Esas flores de polietileno, como irónicamente las llama Luis Rico, en una canción donde con mucho sentimiento le implora a la gente para que tome conciencia del inmenso daño que hacen esos pedazos de materia de poco peso y de larguísima duración, que están ahora por todo el campo colgadas de manera grotesca y terrorífica de los molles, churquis y cuanto árbol encuentran en su camino.
Adornos de la miseria que poco a poco regamos por los campos y las ciudades, sobras del desarrollo que estarán presentes como legado egoísta dentro de cientos y miles de años después de que todos nosotros ya nos hayamos ido.
Bolsas de todo tamaño y color que por su uso indiscriminado y tonto en la mayoría de los casos, son innecesarias. O que alguien me explique por qué en una bolsa negra que contiene papas se coloca otra bolsa que contiene locotos y una tercera que contiene cebollas, el ejemplo podría repetirse hasta el absurdo con medias, calzoncillos y pantalones o con tornillos, rodamientos y focos, así hasta el infinito.
Mientras no tengamos una cultura de reciclaje, donde separemos nuestros desperdicios para que luego estos sean procesados por plantas adecuadas para ello, podríamos hacer un esfuerzo para usar menos bolsas de plástico, volver al bolsón de las compras, al papel periódico, a la canasta o a las bolsas de papel, por último no usar una bolsa cuando así se pueda.
Cuando así lo hagamos estaremos arrebatándole una bolsa al viento, que siembra flores de polietileno.
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