Desafiando una interminable y penosa travesía, Isaac Attié se hizo a la mar junto a sus hermanos, dejando atrás Belén. Ciudad donde nació dieciséis años antes y según sus joviales bromas había sido vecino de Jesús. Después de un largo peregrinar llegó a Tarija, por esas mágicas razones que son solo visibles al espíritu decidió establecerse en la precaria villa.
Con la tenacidad y constancia del migrante emprendió negocios que con el transcurrir del tiempo le hicieron un hombre próspero, a pesar de haber comenzado de cero. Vendió desde agujas de origen inglés hasta finas telas de la India, fabricó hielo y cigarros que con placer saboreaba en las soleadas y polvorientas tardes de verano, y participó de una manera u otra en casi todos los rubros comerciales de la Tarija de principios del siglo pasado.
Pero esta no es una historia más del migrante exitoso porque el “Turco Rubio”, como cordialmente le conocía la gente, cambió la faz de su nuevo hogar de una forma tan radical que ha decir de Dn. José Fernández y Mostajo fue “El Arquitecto de Tarija”, título nunca mejor otorgado ya que gracias a los doce años en la conducción de la Alcaldía de Tarija, la villa a la cual llegó se convirtió en la ciudad que conocemos ahora.
Obras importantes y trascendentales arribaron de la mano del alcalde sin sueldo; la dotación de agua y alcantarillado para la ciudad, el Palacio de Justicia, el empedrado y asfaltado de la ciudad, el nuevo edificio de la Alcaldía, la Biblioteca Municipal, el Cementerio General, donde nos cuentan pasaba largas horas del día trabajando en mangas de camisa codo a codo con los obreros, haciendo a las veces de capataz.
Isaac Attié era un valiente, el carácter y templanza con que acompañaba cada una de sus decisiones le despejaron el camino para llevar adelante sus proyectos, si por un momento hubiese sucumbido a las críticas y acusaciones de las turbas de chantajistas, ignorantes, malaleches y traidores que siempre están dispuestos a acusar, a levantar el dedo, a propagar falsas acusaciones y rumores, Tarija no tendría desde hace mas de sesenta años la fisonomía de ciudad que tiene.
No sabemos, ni nos interesa saber quienes le pusieron piedras al camino del “Turco Rubio”, pues saboreamos su legado, la revancha de los valientes, cada vez que acudimos al Cementerio a honrar a nuestros antepasados o a la Biblioteca Municipal en busca de algún documento, esa sutil alegría porque alguien lo haya hecho por nosotros y para el bien general.
Ganamos todos porque Isaac era tenaz y honesto, y con sus obras por fin abrió para Tarija las puertas del siglo XX cuando ya habían transcurrido cuarenta años del mismo, ganamos todos porque su ejemplo aun retumba en los oídos de los valientes de ahora, que tienen el compromiso de abrir las puertas del siglo XXI antes de que transcurran decenas de años.
Séneca le apuntaba a Lucilio “Todos, cuando favorecen a otros, se favorecen a sí mismos; ...el valor de toda virtud radica en ella misma, ya que no se practica en orden al premio: la recompensa de la acción virtuosa es haberla realizado”, Attié siguió al pie de la letra el consejo y esperamos que en esta ciudad haya muchos que así lo hagan.
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